Pages Menu
TwitterFacebook
Categories Menu

Agregado el 27 Ago. 2017 en

Mariela Gouiric
Nacimiento1985
IdiomaEspañol
CiudadBahía Blanca
ProvinciaBuenos Aires
PaísArgentina
En el FIPREdición 25
Mariela Gouiric

Mariela Gouiric

Es Profesora de Artes Visuales. Publicó los libros de poesía Tramontina (Vox, 2012), Botafogo (Eloísa Cartonera, 2014) y Un método del mundo (Blatt & Ríos, 2016). Además publicó las plaquetas Decime qué se siente, se siente hermoso (Belleza y felicidad, 2014) y Pensaba que había un paisaje, pero (Belleza y Felicidad, 2014). Poemas suyos fueron incluidos en la antología 30.30, poesía argentina del siglo xxi (EMR, 2013). Coordina talleres de poesía y ha dirigido los ciclos de lecturas Promesas (Teatro Sarmiento, 2016) y Pensaba que había un paisaje (Teatro Sarmiento, 2017). Trabaja como docente y actualmente dirige el ciclo Posicionamiento Poético en la galería Big Sur.

 

 

Ley 26.485

“Conocerás la verdad y ella te hará libre”. 
Jn. 8.32

 

Se la bate
a todo lo que malogre tu cuerpo,
que vuelva cualquier parte de él
un ojo negro,
un estuche de puntos ciegos.

También lo que apague
como a botellazos
tus ideas luminosas de mezquino consumo
de frágiles watts. Lámparas miedosas
que de tanto entrenamiento duro
tiemblan y bajan su tensión con la vibración
del sonido del motor del auto,
que en la puerta de la casa amenaza
que a minutos está el próximo round.
Sería que se la pone
a todo lo que peleé contra tus ideas
y tus
sentimientos en desventaja.

Para esos sentimientos hay palabras: Para la tristeza
hay la palabra tristeza;
para el miedo
la palabra miedo;
para el desamor,
la desamor.

Para la palabra violencia hay
imágenes:
una cara envejecida antes de tiempo
como si un elástico le cruzará la frente;
el ruido delator de los platos rotos
y un patio que él cubrió con cemento –la tierra-
donde ella quería poner helechos y malvones,
gajitos que trajo del interior.

Ni cabida a todo lo que
arruine la manera que vos tenés de verte, corte espejo;
que sea descansero, con lo que hagas. Manipulero.
Que atrevido
te malondee si querés terminar el secundario,
cambiar el bar por una tiendita de ropa o
salir a vender pan casero.

Eso que te quiera decir como bailar,
de lo que te rias;
que si te ponés la pollera
corta, el jean
ajustado
o la remera muy
apretadita.

Que te sargentee o te delire
si te cabe ir a la iglesia
de la pastora Norma o a la misa,
tirarte las cartas
o prenderle una vela
a la estampita del gauchito gil
arriba de la repisa.

Que te haga callar en la mesa.
Que te haga callar en la pieza.
Que te haga callar en la vereda.
Que te haga callar delante de los chicos.
Que te haga callar cuando el partido.
Que te haga callar cuando te haga ruido el estomago.
Que te haga callar cuando estés a solas con
esa que eras vos.

Tampoco que con la bandera del amor
te tenga chivando contra las cuerdas,
vigilanteándote con quién hablás,
a quién mirás o a dónde van tus piernas
o los mensajes de tu celular.
A mí me tenés que avisar,
que esperar y que explicar.
A mí me tenés que preguntar qué va si no
la gente a pensar.
Despreocupate que la gente no piensa.
Permiso y plata se le pide al banco y a los viejos, nena.

Hay cosas que son legales nomás
y más que legales divertidas
en las letras de cumbia, adentro de la boca de Karina.
Ahí nada más se menean, ahí te excitan.

Rajá, tomatelá. Plantate groso.
Parate de manos. Piratelá.
Forcejeá. Escapá. Agitá.
Cuando se te queme
el rancho
abanicá las ventanas.
Sacá el humo quilombero afuera,
disfrutá cuando el fuego infiel agarre el campo
seco desde hace años.
Mientras todo se va a la mierda,
sentate en el cordón cuneta,
como cuando el Cristo hizo sentar a
la multitud que lo seguía sobre el pasto
para organizar la comida de los panes y los pescados.
Lo primero que necesitas es descanso.

Sin culpa mirá como se viene todo abajo:
se caen las chapas, se derriten los vasos.
El calor explota las copas en la vitrina fuera de moda.
Se incendian los tapizados de las sillas
retapizadas con la misma tela
con las que cosiste las cortinas
con tus propias manos
mientras todos dormían.

Quedate tranqui.
No sos zorra, ni putita.
Ni te gusta que te
bajen los dientes. Creeme
se puede levantar una
ciudad
en ruinas.
Creeme
se puede levantar una
ciudad
en ruinas.
Creeme
se puede levantar una
ciudad
en ruinas.

Nadie es sola, ni mucho menos solita.

Lo dice la ley mamita
que no puede hacerte sentir culpable
el limón que olvidaste para las milanesas
que empanaste
con tus propias manos.

No son las que te hacen llorar,
las raíces amargas crecidas
de tu pelo teñido,
ni el esmalte que se saltó
de tus uñas escamadas.

Creeme
se puede levantar una
ciudad en ruinas.
Se puede levantar una
ciudad en ruinas.
Se puede levantar una
ciudad en ruinas.

 

 

Una mujer que se crió en un coso de monjas

Me contó,
que a los 10,
después del terremoto del 44
la mudaron
de un coso a otro coso de monjas.
Todo esto en San Juan.
Y que la primera noche
acostada temprano en su camita estaba
pensando a sus hermanos,
a sus primos y a sus papás.
Pero en la calle había una fiesta,
¡y tanto bailaban en la fiesta!
Zapateaban, levantaban tierra por el aire.
Gritaban malas palabras de la alegría.
Se escuchaba por la ventana del coso de monjas
la risa de las mujeres, de sus escotes,
de sus jetas pintarrajeadas.
Polleras prontas a levantarse
para mostrar las bombachas,
abrir las piernas.
Los tipos enloquecidos por el verano,
se escuchaban.
Los niños corriendo para todos lados
enamorados,
durmiéndose vencidos

sobre las sillas a un costado del baile. Borrachos
del vino que chuparon sin que nadie los viera.
Todo podía oírse. Todo:
las mesas
llenas de comida gorda.
Las luces
pocas y amarillas,
para aprovechar los permisos de la noche.
Tanto se divertían los malditos, qué hijos de puta.
La música era tan hermosa.

 

 

Las dos juntas

Cuando quedó embarazada de mí no quería tenerme. No
es que no quisiera tenerme, me explicaron, sino que esta-
ba triste. Se sentía sola. Extrañaba a la abuela en Buenos
Aires y ya tenía mucho trabajo con mi hermana. Enton-
ces una vecina le ofreció el nombre de un conocido de ella
que hacía abortos. Pero papá no quiso. No creo que ella
se hubiese animado, pero el que tenía la última palabra
en las decisiones era mi papá, así que finalmente es él
quien dice que no cuando cuentan la historia. En vez de
no tenerme, a ella se le ocurrió, durante el embarazo, el
gesto romántico de bautizarme con el mal que la aque-
jaba, y darme como segundo nombre la palabra Soledad.
El primer nombre en cambio iba a ser más distendido, lo
había leído en la bolsa de una zapatería y le había pare-
cido lindo.

La panza creció y finalmente un jueves santo con 23
años rompe bolsa. Deja a mi hermana con la vecina, se
toma un taxi y se va a la Maternidad del Sur. Ahí hace
trabajo de parto mientras mi papá está en la oleaginosa.
Cuando él llega al hospital estábamos ahí las dos jun-
tas. Ella dice que estábamos las dos solas, entiendo, pero
prefiero contarlo como que estábamos las dos juntas. Me
imagino: ella con la cara hinchada y yo acurrucada, con
un body celeste, en una cunita a su lado. Lo del body es
verdad, está en las fotos. Lo de la cara hinchada también.
Aparentemente todo estaba bien, excepto que ella había
tenido un golpe de presión y no veía nada de un ojo. Tal
tragedia la devolvió a los brazos de mi abuela, en el conurbano
bonaerense, para poder operarse y fue papá el
encargado de anotarme. Entonces, cuando la empleada
pública preguntó cómo van a ponerle a la criatura, él leyó
la palabra escrita en la bolsa de zapatos donde llevaba el
papeleo, y dando la última palabra respondió:
—Mariela, sólo Mariela.