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Agregado el 27 Ago. 2017 en

Marcelo Rizzi
Nacimiento1961
IdiomaEspañol
CiudadRosario
ProvinciaSanta Fe
PaísArgentina
En el FIPREdición 25Edición 17
Marcelo Rizzi

Marcelo Rizzi

Estudió Historia y Filosofía en la Universidad Nacional de Rosario. Es poeta y traductor. Tiene publicado El comienzo oblicuo de todo desorden (DeBolsillo, Barcelona, 2001), Sinopie (Melusina, Mar del Plata, 2003), Casa incompleta (Editorial Municipal de Rosario, 2007, segundo premio del Concurso Municipal de Poesía Felipe Aldana), La isla de los perros (Alción, Córdoba, 2009) y La destrucción (e-book, poesiaargentina.com, 2015). Ha sido traducido al inglés, al portugués y al italiano. Tiene publicados poemas en revistas de Argentina, España, Chile y México. La editorial Barnacle, de Buenos Aires, publicará en 2018 El libro de los helechos.

 

de El libro de los helechos (inédito)

“Reducid a cenizas un helecho, disolved esas cenizas en agua pura
y haced que se evapore la solución. Nos quedarán unos bellos
cristales que tienen la forma de una hoja de helecho.”
Abate Pierre Lorrain de Vallemont, Curiosités de la Nature
et de l’Art sur la végetation ou l’Agriculture
et le Jardinage dans leur perfection,

París, 1709.

 

§

Considera el reiterado golpetear de unos pistones como un diálogo entre violas y
violines: metáforas sonoras que sólo se completan con esfuerzos de observar al que
con grasas en las manos cantando las ejecuta. Considéralas también en similares
proporciones como cuando por momentos nuestra actitud hacia la fortuna deviene la
misma que se tiene sobre la pintura, pero sabiendo que de dicha conjunción de
astros dislocados no se tienen hasta hoy precisas noticias sobre su generación.

 

§

Ve hacia aquello que ves sin intervención alguna del que siempre antes pregunta;
dime luego si escriben como hablan, si encienden llamaradas con la misma devoción
con que después las apagan; si se miran entre ellos cubriéndose con la mano la cara;
si van y vienen de la aldea original con alocado pie que gira como rueda de triciclo.

 

§

Que en onzas entonces ajustadas las cenizas del cremado igualen el peso del que ha
emergido sin aires desde el fondo del mar; que con viento crispado sobre fresnos sin
tiempo, o sobre tiernos espinos de pardo naranjo, quien diga liberar con diagnósticos
de puño en alto sólo escriba en letra viva consignas furtivas para un cuerpo siempre
incierto.

 

§

Siempre del diálogo probable entre dos desconocidos emerge una voz: es la mujer
que olvida sus actos tan pronto como los ejecuta. Dice profuso haber dormido entre
los muertos una sola vez, sin el quita huellas de costumbre, más sucia su ropa que
nunca y despertarse sin fe. Esa, insiste, es la cifra de lo que acontece a espaldas del
tiempo, detrás de las matas más tiernas, en la página leída del revés.

 

§

Llega la hora en que jugamos, encerrados, igual que en días de lluvias torrenciales, a
que nos vemos por primera vez. Todos tenemos algo que ver más tarde o más
temprano con limpiadores de retretes: se hace la tarea con pesar, pero se la olvida de
pronto por unos pocos centavos –de valor siempre incierto–, que se disfrutan con
austero placer como si se tratase de algo que acabamos de desocultar de entre las
ropas, o de amargas frutas robadas de un huerto.

 

§

Se busca inspiración en la excepcionalidad del difunto; después se aguarda
afuera, fumando, o invocando como único testigo del mundo al enemigo que
viene del extranjero. En ocasiones el azar pondera ese tiempo fantasma,
mezclando humores sagrados con lo redondo tenaz de una esfera –comparte
con la necesidad de su paso la nada que se confunde con propósitos delicados:
como el labio que se posa en los indicios del vientre, o como venerables ramas
de pino a las que sólo les basta nuestros ojos de peregrinos cansados.

 

§

Reconocer en el viento que une la acequia con los prados un punto singular y de
partida; verificar en los ejercicios físicos la única justificación de los pecados;
dejar a los artistas lo que la industria no puede al prolongar la duración del
artificio: que todo se ha vuelto su propio principio, la carne otra fabulación,
crueldad lo contemplado.

 

§

Explicar las cosas por lo que no son y aceptar las consecuencias: toda ablución
llega a su fin y mi ala se apresura para retomar el vuelo. Liberada de todas las
vías para la ascensión, soplo habrá o aliento glauco, marea que exhiba en cada
borrasca minúsculas ofrendas sobre una mesa sin mantel. Cierto es que, aunque
en otra parte, seguirá siendo ella misma ala —como no habrá jamás futuro cielo
que no haya sido ya imposible y griego.

 

§

Como quien ve la noche por primera vez y considera a todos los hombres sus
hermanos; o como el pájaro que revolotea buscando posarse en errónea preci-
sión del intento. Construyan ustedes el mortero donde triturar los granos,
revivan ahora la sorpresa en la rotura del dique –semejante origen no requiere
más pruebas.

 

§

Entre el pétalo y la flor hay una secreta orden devota, como en ese coro de
hombres que parecen hoy retornar de una derrota sin fin. No entendemos el
acopio del leñador cuando derriba otro árbol, y es quizá la razón por la que
en ocasiones nuestro ojo se vuelve a la vez asesino y prestidigitador. Por mirar
el cielo del desierto desde un camastro hacemos del mundo entero una
objeción: que el grano que aferra una mano torne esa mano verdad pavorosa, que un
perfume de aguas ferrosas impregne retoños de álamo infiel, que ese enjambre
de abejas nodrizas vuelva un infierno al paraíso del panal

 

de Los saberes esenciales (inédito)

 

“El mimetismo de ciertas mariposas supera el afán de supervivencia,
y es una forma de belleza desarrollada por el animal por puro instinto.”
Vladimir Nabokov

 

Nada sabemos del acontecimiento que está cumpliéndose a nuestro
alrededor. Si nuestra ausencia conviene al conjunto de los hechos que
vendrán, si para otros será final o apenas recomienzo. Desconocer ciertos
asuntos es otra forma de conocer o recordar, dice el maestro –conjeturas
junto al fuego: si esos animales que pastan con nosotros responderán con
un simple chasquido de los dedos, si ellos también algún día tendrán sed
de estrellas o hambre de comunidad, si jugarán con monedas pequeñas o
esferillas de vidrio para mantener los músculos en acción, la boca cerrada,
la cabeza en su lugar.

 

 

Cualquier lugar es siempre hacia donde se viaja, excepto en aquellas
ocasiones en que uno no puede bajarse de la hamaca –desde donde
observa la mendacidad del mundo, respira del polvo matinal su versión
más profana. Lúcida experiencia de seguir avanzando de sentado y
retrocediendo en el tiempo. Beatitud extrema del pájaro y del santo,
disolución perfecta de la nube en la mañana.

 

 

No se encontrarán aquí con grandes novedades. Una foto observada como quien
observa la infancia, sitios ordinarios donde no se habla de cosas primordiales.
Dos en compañía pero con los ojos de uno solo, esa raza de adivinos que es
amiga del dinero. Apenas un túmulo erigido con tierras de dudosas patrias,
un cadáver animado cruzando rápido la plaza.

 

 

Se nos dice que la única muralla es la muralla del río, y que es saludable
otorgarse para sí pequeños dioses tutelares, pero como si fuesen ofrendas
que una vez recibidas se las rechaza por saberlas un fruto robado. Se nos
dice además que ya no es posible escapar de la ciudad sitiada, que sólo
hay intemperie dentro de la casa, que es creíble que la herrumbre ya haya
comenzado, a hacerse polvo el racimo, a coagularse otra nube en la
ventana.

 

 

Nada se entiende de la máscara cómica si se la porta del revés. El péndulo no ha
variado en siglos su perfecto trayecto de hemiciclos. Un niño ha arrebato
nuevamente a otro niño el juguete más preciado, y se han quedado solos en la
habitación, sordos por la explosión, instantáneos de repente como seres sin
pasado. Puede suceder que pernoctando en la morada de la palabra perdida se
asista a una especie de caza menor: la que obtiene su presa en mitad de la
noche, y la libera sin alas con las primeras horas del día.