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Agregado el 27 Ago. 2017 en

Claudio Rojo Cesca
Nacimiento1984
IdiomaEspañol
CiudadSantiago del Estero
ProvinciaSantiago del Estero
PaísArgentina
En el FIPREdición 25
Claudio Rojo Cesca

Claudio Rojo Cesca

CLAUDIO ROJO CESCA (Santiago del Estero, 1984). Es psicoanalista y escritor. Publicó, para la colección “Leer es futuro”, el libro de cuentos “Viñetas del insomnio no resuelto” (Ministerio de Cultura de la Nación, 2015) y los poemarios “Fotos de mi chonga desnuda dentro de una nave espacial” (Larvas Marcianas, 2015) y “Horas que pasé dentro del frasco antes de la mutación” (Minibús, 2016). Sus textos fueron publicados en las revistas “Maten al mensajero” y “Los Inquilinos”, el fanzine “Quince minutos con vos”, la colección de cuentos de verano “Los dominios de la siesta” del diario “Hoy día Córdoba”, y las antologías “Picados – Lata Peinada” (Bellas Alas, 2015), “Jardín 16” (Minibús, 2015) y “Libro de tormentas” (Cuaderno de Elefantes, 2016), entre otras. Actualmente es editor en Larvas Marcianas Editorial.

 

 

Poema sobre un poema que escribiré cuando pueda



Algún día escribiré un poema sobre mi padre.
Se llamará: “todo lo que quise decir sobre mi padre
y nunca me atreví a decir en castellano”.
Será un título irónico, porque
nunca he hablado de él en otro idioma.
Y lo leeré en voz baja, antes de mostrárselo
a otra persona
porque me avergonzaré de las palabras emotivas.
Pero de verdad no importará
la vergüenza
y sus versos dirán todas las cosas que este poema podría decir
y no dice.
Porque todavía es muy pronto
y el calor de la pérdida sobrevive
en su verano.
Y yo sé
que no he transpirado lo suficiente
para desempañar esos versos.
Pero ese otoño está ahí
esperándome
y las hojas que encubren mis huesos
se caerán de una vez
con el ventarrón
y veré el árbol
y ustedes verán el árbol
y el poema será como un parpadeo
que vestirá de nuevo la madera
luego de revelarla.
Y estaré cómodo con eso.
Y no volveré a mentirme sobre lo importante que es
crecer y escribir poemas
o crecer y escribir cuentos
o crecer y escribir lo que sea.
Y quizá entonces
por fin recuerde que he nacido
dentro de un cuerpo humano
y salga a trotar
tres veces por semana.

 

 

Fucking pan

 

El precio del pan, como el precio de los autos importados
como el precio de las parcelas de los cementerios
como el precio de la publicidad en radio en la hora pico
como el precio de salir a cenar en invierno

y mirar la luna desde el auto
como el precio del ovillo que tira para adentro
a la panza del incesto
a la panza de dios si dios existiera
y tuviera panza
como el precio de tus zapatillas nuevas
traídas de Montevideo, las soñadas zapatillas
uruguayas para conversar sobre zapatillas
cuando de lo que se habla es de Uruguay
como el precio del tiempo en la terapia
o antes, en la sala de espera

mirando ansiedades perfectas

cerradas

circulares
como el precio de tener ansiedades así
o el precio de tener hambre o necesitar
muletas
silla de ruedas
calcio para reponer el hueso roto
como el precio de andar huérfano en el oficio
y no tener para llorar, pero sí tener

para convencer a los demás de que se necesita
silencio / paciencia / limosna mental para no perecer el domingo
como el precio de querer dormir todo el lunes
como el precio de querer ser otro
como el precio de querer ser uno mismo siempre
como el precio de serrucharse los pies

para no tener que pagar el precio de andar parado
como el precio de andar parado y huérfano
y sentirse inútil
como el precio de querer ser inútil
para no tener que darse en ninguna cosa
como el precio de ofrecerse inútil

al crujido que arrastra el otoño
como el precio de no darse en adopción
y de andar así, sin padre, pensando que si tal cosa
o si tal otra, sin que nadie acomode un poco
y no saber siquiera que el precio crece cada día
y mastica la sobra que somos
y nunca la deja caer a la garganta
como el precio de las sobras

cuando hasta las sobras tienen precio
como el precio de escribir esto y tener

una mano tendida fuera del telón
y la otra de este lado, tratando de meter dos alambres
en los huecos del enchufe.

 

 

El flagelo de la mala arquitectura

 

Tuve en mis manos
una pequeña gota de agua.
La vi correr, según la teoría del caos
según el efecto mariposa
según lo que se dice
el destino esculpido sobre la palma
por un cincel de la genética.
Una gota que podría ser
la gemela de otra gota
algo sin remedio de ser distinto
porque
qué es el agua sino algo repetido
e insistente
una tortura para los chinos
la abolición de todo cuanto se pretende distinguir de su igual.
De haber mediado el cariño
le hubiese llamado gotita.
Una gotita de agua cayendo de la humedad del techo
una cosa chiquita y preciosa conjurada a morir
por goleada del oxígeno.
Vos, gotita, cosita pequeña, protagonista de estos segundos
de selección visual.
Ojalá te hubiera querido más
como para no llamarte simplemente/desapegadamente
GOTA
y no invocar, en tu nombre, la matemática hipster
que jura que todo es un desorden
y una reacción a lo previo.
Porque el universo, gota, parece que es sólo
la venganza constante de su propia inercia.
Mirá lo que digo
lo que te digo a vos
que sos el sumun careta de la poesía del azar.
Gota, para qué hablar de vos si no te quiero
para qué forzarme al diminutivo
para qué darle de comer a las fotos que la gente triste
pone en sus muros los días que llueve.
Conmigo no, gota.
Vos allá, donde el tiempo te recicla
y la matemática te usa de ejemplo
y yo aquí, debajo de mis goteras
esperando que sea lunes
para llamar al techista.

 

 

Kit de supervivencia para un día domingo

 

Que si la luz, contra todo pronóstico
es escasa a veinte calles de mi dormitorio.
Que si afuera llueve y en la cuadra nos tortugueó el streaming.
Que si el tatuaje de mariposa en tu espalda
cobra vida dentro de mi boca.
Que si rebobino una hora y te veo
tocando la puerta de casa
con las zapatillas mojadas por caer en la trampa
de las baldosas sueltas.
Que si por una noche el futuro se tapa los ojos
y nos deja en paz.
Que si una luchadora de UFC con piernas de cromo
nos excita a los dos por igual, pero a vos te hace pensar que nunca va a existir
un amor suficiente como para cerrar las ventanas
y tapiar tu vida.
Que si a pesar del tiempo que nos conocemos
todavía no te animaste a contarme tus cinco placeres culpables
en medio siglo de música pop.
Que si de pronto deja de llover y ya no importa
aunque la máquina accidental de las goteras
siga fomentando tu trance pareidólico con mi techo.
Que si esta mañana mandaste un audio llorando
y no se entendía qué te pasaba
y era tan temprano que yo dormía y terminaste mezclada
en un sueño con avispas mutantes.
Que quién lleva la cuenta de las veces que nos coleamos puchos.
Que si Nacho Vidal a veces te da asco y a veces te gusta un montón.
Que si es tarde y ya no damos más.
Que si dormimos.
Que si mejor dejamos la tele prendida
y apagamos la luz.

 

 

La operación nerviosa

 

Algunas veces su cuerpo
me recuerda a las ramitas secas
que se arrojan al asador
para preparar el fuego.

Ella, en su pequeña cárcel
de luz menguante
desorbitando el ritmo
de los días

ojos que parecen
avergonzados
de no poder ninguna otra cosa
y a la vez
deseosos de estallar, de repente
como si todas las tormentas
tuvieran que desatar sus huesos
apenas

unidos
entre sí.

 

Detrás de esa utilería
en ruinas
debe haber un dios
divirtiéndose o un decorado
todavía más grande
con harapos
y luces de mercurio.

De ese andamio de espejismos
y ampollas luminosas
provienen los pocos fulgores
las pocas sonrisas
que estremecen
a los animales de nuestro jardín.

Ya hace mucho

que no hablamos de lo que sufre
o de lo que siginifica para los demás
esa condición de abismo
a la que mira cada día
como si mirara
una fruta abierta
dejada a la intemperie.

Todavía no sé
si lo que quiere es que la mire
o si prefiere que vuelva los ojos
a cualquier otro rincón
donde no sepa de la gula que absuelve
sus momentos más felices.

Entonces noto que con el tiempo
ella se convierte en papel
una hoja en blanco
donde ya nada intenta escribirse
una hoja que puede encenderse
y arder y subir, como el humo de sus cigarrillos
a un cielo desvencijado

o, por qué no, encandilar
a los pájaros
que son como ella
y vienen a visitarla
temprano por la mañana
reclamando a picotazos
el premio del pan.

 

 

Jack Nicholson versus Tom Cruise

 

Está clarísimo:

 

Es un vientito llegado del sur.

 

No.

 

Es un dolor de muelas suave, casi lindo
corriéndose dentro de la boca
camino al cerebro, donde finalmente se inscribe.

 

No.

 

Es el pecho haciendo tún tún contra el colchón
a las tres de la mañana.

 

No.

 

Es caerse un poquito de la cama, no del todo
caerse con una sola pierna
y que lo demás de uno siga soñando.

 

No.

 

Es un auto descapotable andando por la ruta
un día de sol.

 

No.

 

Es todas las veces que el paquete de gomitas yummy
parecía que iba a acabarse y no se acabó.

 

No.

 

Es una vez que sacaste una foto al techo y yo pensé
wow, esa piba ve algo en el techo que yo no veo.

 

No.

 

Es la cerveza más necesaria en el verano más caluroso de la década
de todas las décadas
de todas las décadas como cascadas de décadas
en las que ningún calor se pareció a éste.

 

No.

 

Es una vereda tranquila mientras suena en los auris
la canción que te hace llorar cuando vas caminando solo
y nadie te mira.

 

No.

 

Está clarísimo:
es mirar el techo y casi no dormir.
Es no dormir.
Es dormir poco.
Es dormir poco y ser feliz así.
Es dormir poco y soñar que no hay techo
y despertarse y ver que el techo está donde siempre
como todos los días, prevaricando al infinito
pero saber que la puerta –una puerta cualquiera-
también existe.