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Agregado el 27 Ago. 2017 en

Carlos Ríos
Nacimiento1967
IdiomaEspañol
CiudadSanta Teresita
ProvinciaBuenos Aires
PaísArgentina
En el FIPREdición 25Edición 21
Carlos Ríos

Carlos Ríos

Publicó los libros de poemas Media romana (2001), La salud de W. R. (2005), La recepción de una forma (México, 2006), Nosotros no (2011), Perder la cabeza (2013), Unidad de traslado (2014), Deserción en Ch’ongjin (2014), Excursión a Farandulí (2015), Un poema llamado novela (2016) y Cucarachas (2017); las plaquetas Códice Matta (México, 2008) La dicha refinada (2009) y Háblenme de Rusia (2010); las novelas Manigua (2009), Cuaderno de Pripyat (2012), Cielo ácido (2014), En saco roto (2014), Lisiana (2014), Cuaderno de campo (2014), Obstinada pasión (2015), Rebelión en la ópera (2015) y Un día en el extranjero (2015); y los relatos A la sombra de Chaki Chan (2011), El artista sanitario (2012), Casapuente (2014), Dos padres (2015), Las gallinas de Kauai (2016), Un relato infantil (2016) y La destrucción empieza por casa (2017). Su libro Un shock póstumo obtuvo el primer premio compartido en el Primer Concurso Nacional de Poesía EMR 2017.

 

De Un shock póstumo (2017)

 

El objeto del siglo

Leo en un artículo
que el objeto del siglo
es la ruina. Un objeto
“hablante”, igual
a la piedra
que no para
de hablar
y es tragada
por lo que dice:
“Hay anzuelos
en las piedras,
anoche vi”.
Menos mal
que es un libro
viejo, del siglo
pasado.
Se jode
el Otro,
se jodió:
fuck you.
Hay lenguaje,
leo, porque hay
ruina; y al revés.
En este modo
de espera y ciega
reconstrucción
hay un on intolerable,
esa maldita luz verde.
En la ruina
se busca, leo,
lo irreproducible,
la parcela “sin doble”:
hay que atarse
sin atar.
Qué tarde se hizo
y el pescado sin venta
ni reserva. Soy piedra
mala, “tragada por
el parloteo”. Quiero
explicarlo hasta
acabarse,
no se puede.
Que se arregle
el último
en llegar.

 

 

Un proyecto decae

Qué verano. Tu piel dorada se encamina
hacia una playa y estalla en la televisión,
pero es el sol del dormitorio robándose
la escena y la diluye, le transmite el oro
de tu presencia. Hay frágiles apuestas
por coger a mansalva, antes del corte
o la llegada de la turbia parentela.
Hay promesas vacuas de asado
y filosofía, libros envueltos
en un nylon de Yenny,
otros impuestos.
Y todo es bello
porque suena bien.
En el polvo nos vemos,
en el fracaso de un proyecto
literario brillan los ácaros igual
a reyes destrozados por el cambio
de región. Ya dije mucho. Es tu verano
y prometimos no hablar de lo que sabe
el otro. Lo que pienso me lo guardo
y lo que leo es para ellos, ni tuyo
ni mío. En el fondo la canilla
gotea y el conserje celebra
cuando el minusválido
se traslada en taxi
para conseguir
a bajo precio
un arbusto
de droga.

 

 

Extorsión Telefónica

En este caso hay que ligar la opereta del infraperiodismo
con la voz del secuestrador virtual. En treinta segundos
tiene que sacarte de tu eje, insertar una hoja de pasmo
en la noche con dialectos construidos desde el falseo
de un estudiante de arte dramático que no sabe
si “prisión” evita la diéresis. Una base de voz
se desdobla, esta desesperada y la otra
uf, esa te la regalo, ni la escuches.
Colgá, te dicen. Colgá y no digas
nada. No des tus datos, no
digas que escribís libros
y pagás por hacerlo
porque son malos,
no los escuches.
No digas que la uva rondinella
es imposible de comer, que tus hijos
viven una irrestricta vida loca más allá
de las cláusulas del barrio, que estudiar
en la uni solo sirve para “patear las cosas”
(sic) para adelante. Colgá, jamás atiendas.
No digas “este infierno tan temido soy yo”,
“la comunicación continúa porque el miedo
no puede detenerla”, no me digas “¿cuándo
un celu con whatsapp?”. Colgá, nos dicen.
Es lo que hay que hacer. Es el mandato
de la tribu y su afonía. Hay que colgar
antes de decidir. Que por una vez
el miedo sea zonzo
y se vaya sin pagar
tu rescate.

 

 

Error de época

Para qué declaraciones fuera de tiempo (vergüenza
ajena), sin lugar ni razón, en el mejor de los casos
absolutamente erradas. Seguro habrán pensado
varias, acá va la mía: quedó a mitad de carta,
en medio de un litigio donde los manuales
de filosofía desaparecieron y las personas
que los intervenían, todas muertas ahora,
se cuelgan en las sombras de un edificio
sin luz (todos los cortes, sí, en verano),
se cuelgan no porque sean fantasmas
sino por la humedad, clima de mierda.
La frase, un tremendo error de época
(jamás hablaste de “época” conmigo
porque no creo en nada que no sea
lo que está “en crisis de sintonía”).
Escribí –en esa carta que regresa
por tercera mano y más le vale
que nunca traiga todo el lastre
de la vida en los trópicos, su
trip comercial y legumbres
de engañosa procedencia
hasta aquel quinto piso
donde se pudre algo–
estas seis palabras:
“Afuera está todo
lo que necesito”.

.  .  .  .
.  .  .  .
.  .  .  .

Ahora recuerdo esas maquetas
de montaje que valían diez: qué
desperdicio no comprarlas.