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Agregado el 26 Sep. 2016 en Blog

Algunas ideas para un comentario personal sobre mi último libro

Algunas ideas para un comentario personal sobre mi último libro

Textos inéditos de Biancamaria Frabotta.

Traducción de María Cecilia Micetich y Elena Tardonato Faliere.

Los eternos trabajos [sección de Da mano mortali, 2012] toman forma en el momento en el cual me doy cuenta que el mundo está saliendo de mi tiempo. La conciencia se separa del cuerpo dolorido y lo sigue como una sombra. No sé hacia dónde estoy yendo ni hacia dónde ir. El clima melancólico, me doy cuenta, es solo una segunda piel, que no es penetrada en los huesos como dice Caproni acerca de la guerra. La guerra no ha ocurrido, aún también cuando la batalla está perdida. No he contribuido a la supervivencia de la especie, al trabajo de la pura existencia biológica, no he creado cuerpos, me he limitado a gozar, a mantenerme viva. Me han tentado los modos de la condición humana, de la vida activa: obras, acciones y palabras, quizás inútiles pero no fútiles. Pero yo misma me he convertido en pregunta, secreta para mí misma. Pido ayuda a Petrarca y a Agustín. Reflexiono sobre lo ya ocurrido y aquello que debe hacerse, interrogo mi naturaleza. Mi espejo es la inmortalidad de la Naturaleza, sus eternos trabajos, no sus idilios, el milagro de sus lenguas no humanas, los asaltos de los nuevos climas que amenazan. Y sus guerras, sus necesidades, su hacer y hacerse historia, cruel como toda civilización lograda. Desde mi minúsculo lugar siembro, corrijo el dibujo de una misma porción de mi patria artificial, la serena tierra conocida desde la infancia, trabajada en los siglos por manos mortales pero expertas. Y estoy acompañada en una nueva soledad por los fantasmas de los poetas y por sus pasos sin importancia. Y si levanto los ojos al cielo encuentro las huellas de los dioses del Olimpo, inmortales que en una época la protegieron y la hicieron fértil. Y desde la Eternidad me llega “el escaso hablar de Dios”. No su abismal, metafísico silencio.

Como el inicio de algo [otra sección del mismo libro] habla de afectos y de amistad que el tiempo del desencanto acerca y lentamente sustituye a los amantes de juventud. Paul Celan decía que la poesía debería ser un estrechar de manos. A partir de Pianta del pane (2003), primer tiempo de una trilogía en la que quería dejar atrás el paso elegíaco de Viandanza (1995), la poesía es alimento, vida, inclusive una semilla que en la realidad no existe. O mejor, en la realidad raramente sobrevive y germina. Alguien por error, sin ni siquiera darse cuenta, trasplanta mi planta imaginaria en el terreno de un exótico, del todo impensado “árbol del pan”. Curioso cambio, realmente. En un cuento sobre la escritura, con cristalina seguridad Natalia Ginzburg concluía que la escritura “se alimenta y crece en nosotros”. Pero es también verdad lo contrario, yo pienso: la poesía que está en nosotros, que se agarra en nosotros se nutre, como una gramínea, contenta e invasiva. Cultivo desde hace años la esperanza de hacer leer a los estudiantes de los cursos de poesía contemporánea obras en las cuales aun en la noche oscura del sentido aparece un brillo, un sentido comprensible. Pero no es para nada extraño sacarlo de los pliegues cuando para orientar nuestras elecciones no son solamente las obligaciones de un oficio sin la fidelidad a aquella inexplicable disciplina enraizada dentro de nosotros, casi sin saberlo, no se sabe bien ni cuándo ni por qué y que con silenciosa firmeza busca no traicionar la presión del presente. Una especie de fiebre de contemporaneidad, no necesariamente intrínseca a todas las épocas de la incivilización literaria pero que en determinadas circunstancias históricas, a menudo adyacentes a hechos traumáticos como guerras, persecuciones o regímenes tiránicos opresores de la libertad de expresión, desborde dentro de nosotros como una epidemia. No todos los poetas nacen contemporáneos. El sentido de extrañeza respecto al presente o la actitud de percibirlo en el tranquilo goce de un tiempo sin tiempo, a veces corresponde a una estrategia defensiva de la inspiración lírica, asediada por la historia. Pienso en Pasternak, que desde su “piecita” se asoma sobre la callejuela gritando a los niños: “queridos míos, ¿qué milenio es ahora en nuestro patio?”. Reafirmo aquello que escribí en otra parte. Nuestro yo más profundo se lo puede leer solo en la superficie. Cada día aparecen sobre la pantalla de nuestra vida cotidiana. Somos aquello que los otros ven de nosotros, y que nosotros vamos día a día olvidando. Quizás se escribe sobre todo suspendidos en este curioso intermedio de memoria y olvido, cuando la pregunta de las preguntas (¿quién soy?, ¿cuál es mi verdadera identidad?) se vuelve a los últimos lugares de la fila. En una lejana poesía de Il rumore bianco (1982) invocaba el sueño “para soñarme diferente”. Sentía que aquello que aparecía de mí no era compatible ni siquiera, y sobre todo, conmigo misma. Emily Dickinson, en su excéntrica estenografía astral, escribía: “Me from Myself – to banish/ Had I Art”. ¿Cómo no traducir literalmente “Yo misma para exiliarme/ Tendría el Arte”?. Ahora puedo decir con cierta serenidad que la poesía me olvida, mientras la voy escribiendo, y sabe dejarme de lado. Son los versos que concede el poeta, no viceversa. Y cuando vuelven, son de nuevo vida vivida.