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Agregado por el 25 25UTC julio 25UTC 2016 en Poetas, Portada

Jorge Aulicino

Jorge Aulicino

Nació en Buenos Aires en 1949. Publicó, entre otros, los libros de poesía La caída de los cuerpos (el lagrimal trifurca, Rosario, 1983), Paisaje con autor (Ultimo Reino, Buenos Aires, 1988), Hombres en un restaurante (Libros de Tierra Firme, Buenos Aires, 1994), Almas en movimiento (misma editorial, 1995), La línea del coyote (Del Dock, Buenos Aires, 1999), Las Vegas (Selecciones de Amadeo Mandarino, Buenos Aires, 2000), La luz checoslovaca (Libros de Tierra Firme, 2003), La nada (Selecciones de Amadeo Mandarino, 2003), Hostias (Del Dock, 2004), Máquina de faro (Del Dock, 2006), Cierta dureza en la sintaxis (Selecciones de Amadeo Mandarino, 2008), Libro del engaño y del desengaño (Ediciones En Danza, Buenos Aires, 2011), El camino imperial. Escolios (Ruinas Circulares, Buenos Aires, 2012), El Cairo (Del Dock, 2015), Corredores en el parque (Barnacle, Buenos Aires, 2016). Publicó su poesía reunida hasta 2011 bajo el título Estación Finlandia (Bajo la Luna, Buenos Aires, 2012). Tradujo entre otros, a Pier Paolo Pasolini, Cesare Pavese, Franco Fortini, Antonella Anedda. En 2011 apareció su traducción de Infierno de Dante Aligheri y en 2015 la traducción de los tres libros que componen la Divina Comedia. Fue integrante del consejo de dirección de Diario de Poesía entre 1987 y 1992. Trabajó en agencias de noticias y revistas y, durante 28 años, en el diario Clarín. Desde 2005 hasta 2012 fue editor de la revista de cultura Ñ. Colabora en la revista digital Op. Cit. y en Periódico de Poesía de la Universidad de México. Administra desde 2006 el blog Otra Iglesia Es Imposible (campodemaniobras.blogspot.com.ar). En 2015 recibió el Premio Nacional de Poesía.

de Corredores en el parque (2016):

Mujeres que cuentan su experiencia

Mujeres que cuentan su experiencia,
el alto tejado ajeno, el regreso
a la casa paterna,
el dentista, los chicos ensortijados, altos ya.
El trabajo alienante las ha hecho sentir la distancia
–que en realidad existe– entre lo que se recuerda
y lo que se ve: bolsas negras
para devolver a la tierra
la ropa y el tocador de la madre muerta;
cartas que no se sabía que existían, el dentista,
el plomero, el trastorno de hoy, el auto finalmente
parado en el costado de una calle,
y mirar enfrente a los que corren en el parque.

 

Cuando los del FBI pasan corriendo a través de las cocinas

Cuando los del FBI pasan corriendo a través de las cocinas
chinas o de los grandes restaurantes,
en tanto los malos les arrojan carritos y sartenes para
entorpecer su paso, pienso en los grandes procesos,
en los admirables procesos químicos que interrumpen,
las fabulosas obras de la fritura y de las especias
el punto maestro de la salsa.

El correr con traje de calle a los balazos
inventando tretas contra el contrabando de mestizos
y pactando con carteles y muriendo sobre el pavimento
sólo nos sume en auténtica melancolía inactiva;
pese a lo cual los muchachones con traje que desatan
una balacera en el restaurante y luego
corren con trajes y zapatos negros como
futbolistas en ropa de civil, nos despiertan una ternura
ligeramente londoniana; por la inocencia final
del que no es otra cosa que la acción,
y por la volatilidad del traje, que es una prenda cómoda,
contra lo que suele creerse.

 

Detrás de los pinos de artificio un cementerio

Fila tras fila con estricta impunidad
Las lápidas abandonan sus nombres a los elementos
oooooooooooooooooooooooooooooooAllen Tate

Detrás de los pinos de artificio un cementerio
es, dramática, curiosa, irónica y tristemente el
único testimonio vivo de una civilización.
A rachas el sol irrumpe a través de una luz gris caliente,
camino a las playas atlánticas de la República.
¿Quedan los nombres de esas lápidas expuetos a qué?
Contemplan más bien, no exentos de sabiduría,
la lucha circunstancial entre la indiferencia marmórea
del turismo y el lejano campanazo de la muerte.

 

de El Cairo (2015):

Saint Germain des Prés

El viejo temor. En una iglesia de París
encendí una vela y no supe -aun con mi más
ferviente deseo penetrando mis huesos,
como el frío entre aquellas piedras medievales-
si podía creer, si me era dado creer, si mi fe era cierta
y aceptada. Eran indescifrables los labios
de la Virgen en aquella piedra tan gastada.
El viento, no el de ayer, no el del Quinientos,
un viento frío de hoy –aunque puro en cierto modo,
o puro contra todo– apagó una vela. Creí que era
mi pequeño cirio, mi querido cirio, el cirio de mi deseo, rojo
en su cápsula de vidrio. Y aun creyendo
que había perdido todo, que la boca de Dios
o del Averno
o del siglo
lo había apagado,
lo volví a encender
con el mismo encendedor de plástico.
Y luego de rezar de algún modo, me di cuenta
de que no era mi vela la que había vuelto a encender,
sino otra, la de al lado, chamuscada, vieja, ennegrecida.
Fui raramente feliz y lo confieso.
Sin quererlo, había avivado otra plegaria,
un rezo desconocido, el rezo de otro.

 

de Libro del engaño y del desengaño (2011):

La clase

Desde las casuarinas en el jardín interno
y desde el clavel del aire sobre el emparrillado de madera
se desliza una sombra que cubre y abarca las paredes
de color desgastado, malva, una sombra
de antigua evocación, no tan antigua como lo que evoca,
y aun así, profunda, ahondándose en las líneas francesas
del edificio, sabiamente convivientes con la rusticidad pampeana:
distinguidos, rústicos ecos, de pasteles criollos y muebles importados
de una Versalles ya también extinta, componen finalmente
un concierto de grillos y mucamas, de almidón y yuyo, de naranjos:
de un sabor bilioso, de condescendencia sin objeto, de un cansancio.
La Revolución no había ocurrido nunca.
Francia era la cuna del art noveau,
que aquí se metamorfoseaba en gótico.
Gótico de la capital de la pampa.
Ese hilo de oscuros entramados se extiende
por las fachadas desde el barrio norte
a la Boca cuyas nieblas londinenses no huelen mejor que en Londres
cuando el Támesis no había sido despojado del barro de siglos de fajina
oooooportuaria.
Ese hilo que hila titanes, camafeos, borlas, búcaros
sobre edificios y casas de escaleras anchas en Barracas,
en Montserrat, en San Telmo,
cubría interiores de cortinados, ceniceros de bronce, bibelots,
y hoy apretujados inquilinatos cuyas ventanas tapan cortinas verdosas.
Aquellas lámparas inglesas que alumbraban los desvelos
del patrón sobre sus papeles, incorruptas, se alzan en la casa.
El asiento del sillón de cuero está agrietado. Entre las casuarinas
el aire de verano levanta un olor ambiguo a pasto y excremento.
Alguien, en algún cuarto, habrá maldecido
la lejanía de un hombro blanco.
Alguien se habrá masturbado, alguien murió.
La perplejidad de la clase abre la boca en la rugosidad de la pintura.
Perplejidad cuando lo de Vasena. Perplejidad cuando
lo de los polacos mete bombas.
Había llegado Europa, había llegado el tren,
la gorra, el abrigo arrugado.
Habían llegado los fantasmas que recorren,
fantasmas de presente y pasado.
Había llegado la tinta roja, el gritón de la esquina,
el verdulero, el hierro.
No te olvides de mí, de tu Gricel, el gramófono
para el vals y también el opaco
brillo de Nabucco, el mundo fantasmal proletario
encapsulado en la ópera.
Miro sobre estas paredes esa perplejidad augusta,
pampeana, soberbia, ignara.
La compadezco, tiemblo por ella: un algo de difusa
intimidad, de precapitalista cognición,
de orden del mundo, de eternidad fundada en los ganados, me repliega.
Cerca del emparrillado de madera, bajo las líneas francesas,
junto al olor de la casuarinas, canta el cantor en zapatillas
con huesuda voz aristocrática: vos sos
la ñata Pancracia… Han pasado cien años, un siglo, en el que cayeron
todas la líneas: la francesa, la inglesa, la italiana de posguerra.
Mis zapatos negros quizá delatan una estirpe distinta, canalla.
Y esta reunión como un rito se celebra sola, inadvertida, impensada.
Aquella sombra que me visita desde el aire del jardín trasero
se extiende en filigranas desde aquí a la Boca:
a los edificios públicos dormidos
en la noche de sábado, a las terminales de tren,
a los techos, las dársenas.
Su melancolía es pura.
El aire de fiesta estanciera la doblega.
Muere en mí, conmovida. Muere en el vaso perlado.
Muere en llanto de lo que no tuvimos, nunca, nada.

 

de La nada (2003):

Lucas 22.53

Ha ido a caminar con los suyos. Con el cuervo gitano
y con la gorda avutarda; con el congrio y el crédulo
y con el taimado, el asesino y el zorro; con los guardias
nocturnos, con los feroces gnomos, con las mujeres
de axilas sudadas, con el vulgar estafador, con el reno.
En cada dintel de la parva civilización clavó su señal,
y en quiénes lo invocan brilla un momento la moneda delusiva,
la conmiseración por el infortunio propio que alza un remedo
de pasión de mártir sobre el fracaso de un intento espurio.
Degeneración del deseo en cálida covacha; en carne y jugo.
Caída ante el irresistible par de los contrarios; Dioscuros
que atraviesan la mente de los súbditos haciéndoles desear
la mullida esclavitud y arrancan gritos de la mínima llaga.
Con el manto de nada, sobre el agua, sobre la línea de resistencia.
sobre el polvo, el desierto o el humo, el horizonte blanco,
camina sin sombra, con ejércitos de rumiantes quijadas,
con batallones de ciegos que miran hacia el monte
al que subirá para decir: “Hay otro, más allá; y luego otro y otro;
la obra no acabará, la obra no termina; cese el ruido, la alabanza”.

 

Coda

Otra vez el rayo. Otra vez el roble hendido.
El fuego que desciende desde el cielo.
El vómito. Los muertos calcinados.
Tejes, madre, allá; tejes lejana y silenciosa.
Tejes calceta de rayos triunfales para mis pupilas.
Tejes el descanso en la flor de la tormenta.
Sobre el mundo se apagan y se levantan satrapías.
Para que tejas, sólo para que tejas, mientras aguardas,
vacía de milagro y de ansia, de labor y pregunta.
Para que tejas.

 

de La luz checoslovaca (2003):

La luz checoslovaca

Oxidada la artesanía, la calle bajo taciturna luz, la que pelea con su origen;
difusa pero empeñada en que fue más o puede serlo.
Cruje la puerta que se abre lentamente al pasillo con vieja alfombra,
allí donde se produjo la séptima aparición de la Virgen.
La ve, mientras la vecina nonagenaria pasa con la chata
de su centenaria vecina a la que cuida devota, como hermana.
Oh señor, he creído. Oh señor creo aún si lo deseas.
¿No es cierto que la intensa circulación y la gula son una misma cosa?
¿No es verdad que los bajos tonos corresponden a los eternos imperios?
Lo dicho: he visto tu rostro en sartenes oscuras en despojadas cocinas.
Y lo he visto bajo el escaso resplandor azulado del supermercado vecinal.
No lo he visto en el shopping, Señor. No lo he visto en el casino.
Señor, por alguna indicación tuya sorprendida en un libro comercial,
he amado los días nublados y el desierto en las palabras.
Pero me condenaste a amar la verde lechuga y la carne fresca,
en tanto miraba a actores de gestos invernales en el Actor’s Studio.
Déjame creer en la letanía de las piedras y en el puchero casi incoloro.
Dulces son el cielo y su vértigo sobre plantas cuyo verdor oscurece.

 

de Las Vegas (2000):

Tragamonedas

Usuarios de tarjetas de crédito y cheques de viajero
intentando la antigua transmutación de los metales,
la suerte entregada a la estadística que llaman azar.
Al amparo de las moscas de los pensamientos,
a cubierto de la humedad corrosiva de los ácidos
del tiempo que camina por delante de las ventanas
y que vuela por encima de las grandes ciudades;
en una noche de terciopelos eternos y luces reguladas,
buscan el sorprendente flanco de las cosas,
el núcleo latente del mundo, hecho de esmeralda
y pórfido, de níquel y de rosas de oro líquido.