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Agregado por el 14 14UTC septiembre 14UTC 2016 en Notas

Ante la biblioteca

Ante la biblioteca

Texto inédito de Rubén Reches.

De pie ante la biblioteca de su casa, pasea la mirada por los libros que llenan sus estantes. De tanto en tanto, saca uno, lo hojea y lo devuelve a su lugar. Un volumen lo sorprende por la gran cantidad de subrayados y notas que lo atraviesan.

La letra de las notas es la suya, no le cabe duda, pero percibe en ella como un temblor que confiere nervio a sus trazos congelados; y de esa vibración, su caligrafía carece desde hace océanos de tiempo. Ya no anota en libros; incluso escribe muy rara vez, y, cuando lo hace –para firmar o llenar algún formulario–, necesita estar muy atento a los movimientos de su mano enlentecida.

Calcula: desde que leyó y anotó esos centenares de páginas pasaron cincuenta años. El día que, de joven, guardó por última vez ese libro se fue empequeñeciendo hasta volverse brizna.

Y sobre esa brizna cayó la parva de los años.

*  *  *

De las notas, brota hacia el viejo que lee de pie junto a la biblioteca una frescura inesperada. En algunas, el muchacho disiente con el autor y su soberbia encanta al anciano. En otras concuerda con él, y las más de las veces lo manifiesta con adjetivos e interjecciones aislados entre repetidos signos de admiración.

Un orgullo melancólico asalta al viejo cuando entiende que, de tan apuntado, no puede ser éste un libro timorato, uno de aquellos que nunca se apartan de su lugar en una biblioteca más que por la distancia que la separa de una mesa de luz. Este tuvo que haber conocido la calle, tuvo que haber temblado con el estrépito de la ciudad; el joven que él fue debió haberlo subrayado y anotado en cafés, en aulas, en alguna sala de espera. Y le da por pensar que en sus páginas puede permanecer, desde hace medio siglo, algo de la tierra que una brisa depositó mientras él lo leía sentado en un banco de plaza y que cierta modificación en el graneado del papel está dando testimonio de que, quizá mientras escribía en él una idea repentina para no olvidarla, lo mantuvo abierto alguna vez en la calle bajo una lluvia. Le da un vuelco el corazón cuando advierte que unos garabatos sin por qué en el margen inferior de una página podrían ser la huella de un viaje suyo en tranvía en la década del sesenta, de un traqueteo que un día fue en la luz del mundo.

Las frases anotadas tienen mucho de rebenques, de insectos. Dice con teatralidad el viejo: “Estos apuntes son un testimonio flagrante en contra de las ilusiones que se hace el humano acerca de la fuerza interior. ¡Tantos miles de páginas que subrayé, tantos juramentos que me hice a mí mismo y todos esos propósitos que pronuncié con el puño cerrado no me desviaron en un ápice del camino a la meta baldía que me tocó en la feria de destinos!”.

Con una sonrisa extraña, se aleja hacia la cocina, donde ha de tomar un té. Saldrá luego a dar un paseo por el barrio, que es el último acantonamiento de su vida.

Y de repente siente que se le está por formar en la mente una frase que puede causarle un dolor extraordinario.

Se apura en poner en práctica una técnica que él conoce para alejar los pensamientos molestos: dirige su atención a ciertas partes de su cuerpo, a una tras otra y a todas varias veces hasta que las palabras por fin se le alejan.

Bien sabe que no logró disolverlas para siempre en el olvido. Al contrario, presiente que dentro de un rato, a lo sumo mañana, volverán a amenazarlo; que querrán erguirse, claras y siniestras. Podrá usar el método algunas veces más con éxito, pero tarde o temprano acabarán por imponerse en su mente.

Porque dan cuenta con demasiada exactitud de lo que acaba de pasar ahí; y van a insistir noche y día hasta ser oídas; cargará con ellas todo el tiempo de vida que le queda; no lo van a dejar en paz.

26/12/2013